EL HOMBRE DEL MANTO ROJO

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Alli estaba aquel hombre al pié de la caverna en la cima de la montaña. Quise hablarle, pero se fué, sin siquiera notar mi presencia. Me llamaba la atención su vestimenta, tan rara para estos tiempos.

Sentada a la sombra de un frondoso árbol, pude respirar el aroma a flores  que venía como subiendo desde el valle,  mi atención solo se enfocaba en mi respiración que subía y bajaba por mi pecho, una sensación sublime de candor y entrega a ese momento me invadió y quedé dormida.

En el sueño lo pude ver al hombre, era transparente y luminosa su cara, vestía unos harapos, unas sandalias gastadas y llevaba como un bastón que tenía un símbolo raro, que según como se mirara parecía una letra o un numero en forma de tres y encima de su raída vestimenta,  un manto rojo majestuoso, bordado con los mismos símbolos en oro.

Con una mirada compasiva y bondadosa me preguntó que buscaba ahí. Le contesté que nada, que solo estaba contemplando el paisaje. Su presencia no me inspiraba miedo, al contrario, me infundía seguridad, como la que brinda un padre cuando te acaricia con la mirada. Los ojos del hombre eran grandes y desprendían una fuerza sobrenatural que sin mirarme fijamente, se posaban de vez en cuando en los míos infundiéndome paz y serenidad, como un mar tranquilo.

Entonces,  en un momento mirandome  fijamente dijo: en la contemplación de todo lo que ves, están las respuestas que estás buscando. Todo el universo habla sin palabras, solo escucha, en el mínimo movimiento en el paisaje, en las cosas simples, en los pequeños actos de amor hacia los seres de este mundo,  está el lenguaje del universo, en la sencillez está la verdad, tienes que aprender a sentirlo, más allá de lo que piensas ahora.

Cuando pude incorporarme, el ya se había ido.

Creo que me desperté o no,  con una sensación de nostalgia y a la vez de aprecio por sus palabras, nunca supe si era un sueño o si en algún nivel de conciencia pudimos  tener ese diálogo.

En ese lugar  en que me encontraba, pude ver como  las mariposas volaban por el aire, sin importarles la soledad del paisaje y como el sol acariciaba esas alas haciéndolas mas bellas en ese atardecer inmenso. Indudablemente pude vislumbrar otra dimensión de la belleza.

Desde entonces recuerdo siempre al hombre del manto rojo, quizás pueda volver a verlo algún día, pero de alguna forma supe en ese extraño encuentro, que yo tenía algo que aprender y que el tenía algo que enseñarme.

Solo escucha…

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